Víctor y el recuerdo. A 30 años de recuperada la democracia.

Con precisión, Víctor sigue recordando hoy su experiencia como detenido-desaparecido en la ESMA. Su valor para ocultar las fotografías que fue obligado a sacar a los militantes populares allí secuestrados y a los oficiales represores de la Escuela de Mecánica de la Armada que falsificaban su identidad para realizar operaciones clandestinas en el exterior. Todas ellas fueron fundamentales para el juicio a la primera Junta Militar que interrumpiera el proceso democrático iniciado en el año 1973. Este cronista tuvo la oportunidad de dialogar numerosas veces con él, por distintas circunstancias. Una crónica a 30 años de recuperada la democracia en la Argentina, con algunos elementos narrativos y de ficción.
“¿Quién es?”, pregunta una voz, como de trueno, del otro lado de la puerta. “Vengo de parte de Pablo”, espeta con temor este cronista. El acceso a la modesta vivienda ubicada en un barrio de la ciudad de La Plata, que por seguridad ésta crónica no revelará, se abre lentamente. El nombre Pablo, funciona como una clave que el interlocutor rápidamente decripta. Detrás de la madera, con cierto dejo de desconfianza, Víctor apenas asoma la cabeza.
Es invierno y el frío aprieta, y el calor del interior de la casa se siente más cálidamente en la medida en que la pronunciación de las primeras palabras, y las impresiones propias de alguien que sabe leer en el otro los gestos de honestidad, dan lugar al relajo. El estrecho corredor, que conecta en forma de chorizo el hall de entrada con la cocina, despliega muebles, papeles y libros de un lado a otro. Da la impresión, es las once de la noche, que este hombre pasa las horas nocturnas en vela, leyendo, estudiando documentos, repasando en su memoria nombres, fechas y datos.
Víctor es muy bajo, quizás un metro sesenta y cinco, tal vez un poco menos, aunque su fisonomía delata la existencia de una estructura que pudo haber sido atlética en el pasado. Su andar cansino, son los signos ineludibles del maltrato, o acaso del horror más despiadado que un ser humano pueda sufrir en su cuerpo. Solo una radio, sintonizada en los programas que la AM ofrece a esa hora, lo acompaña. También las lecturas de una temática que lo obsesiona, que le despierta la más profunda de las pasiones, que es una parte sustancial de su vida, que lo constituyó como sujeto, como hombre vital en los tempranos sesenta: La historia de los militantes populares que lo acompañaron durante su cautiverio en la ESMA.
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Entrada al edificio de la Ex ESMA.
Quizás lo supiera desde sus inicios como militante en el Peronismo de Base y en las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), cuando siendo trabajador gráfico, y marcado por le conflicto gremial que los trabajadores de la carne del frigorífico Lisandro de La Torre llevaron adelante en 1959, decidió asumir su compromiso con la denominada Alternativa Independiente. Cosa rara el peronismo: logró aglutinar en sus primeros treinta años como movimiento a una inabarcable cantidad de organizaciones políticas que fueron desde la más reaccionaria a la más combativa, de la derecha extrema a la izquierda revolucionaria, de la más popular y basista, a la más culta e intelectualizada.
El color de su piel, semejante a la de un moro, confirma la tesis de este cronista: si el peronismo, tal y como es, hubiera sido integrado sólo por gente rubia y bella, tal vez no hubiera sido estigmatizado como lo fue por las clases dominantes argentinas. El gran problema del peronismo, para una gran parte de la sociedad, su negación política, su asociación obligada con la negritud, tiene más raíces raciales que ideológicas. Víctor lo sabe, lo entiende, lo entendió a partir de su opción política. O quizás lo entendió en la sala de tortura de la ESMA, cuando los oficiales de la armada lo castigaron hasta provocarle dos paros cardíacos.
Yo delaté a varios compañeros, en la sala de torturas”, explica apenas se sienta. Cómo volver después de esa confesión, cómo recuperar algo de la dignidad perdida por la fuerza de la corriente eléctrica, o arrancada por la voces de los oficiales que lo preguntan todo: nombres, direcciones, horarios, lugares. “Fue apenas me detuvieron, en agosto de 1979”, relata. “Me llevaron a la ESMA y mientras me picaneaban amenazaban con matar a toda mi familia si no cantaba. Así fue como cayeron varios de mis compañeros de La Plata”, concluye.
En la historia de la delación involuntaria, Celina y Guillermo fueron dos de las víctimas. Ellos también regresaron del cautiverio y años más tarde se encontraron con Víctor en un acto callejero. Lo llamaron “traidor” y le dieron la espalda hasta que el paso del tiempo suturó las heridas y pudieron revisar el pasado sin rencores. Es la pérdida de la condición humana, sin más. La reducción del ser humano al estado de cosa. El ensayo que la dictadura más atroz, que conoció la argentina, tuvo como meta u objetivo.
¿Por qué sobrevive Víctor? Por la sencilla razón de que era un trabajador gráfico y sabía de fotografías e impresiones. “Me utilizaron como mano de obra esclava, que es un tema que todavía no ha sido debidamente analizado en los juicios a los militares”, reflexiona. Tenía la función de fotografiar a los oficiales que falsificaban documentos de identidad para poder hacer sus operaciones de inteligencia en el exterior (Brasil o México).
Pero donde hay poder, hay resistencia y así lo supo Víctor apenas sus captores se descuidaron. Entonces comenzó a hacer copias extras de las fotografías y los documentos en los que trabajaba. Los fue ocultando dentro de una caja de papel fotosensible, que los oficiales de la marina no abrían por temor a velar el papel fotográfico. Víctor estaba decidido a cumplir con el mandato que se hicieron entre los detenidos en la ESMA: si alguien lograba sobrevivir tenía el compromiso de contar al mundo lo que allí adentro había ocurrido.
Y así fue que, dimensionando en su justa medida el valor documental de ese material, resolvió sacar las fotografías una por una. Lo pudo hacer cuando los oficiales de la ESMA, decidieron implementar con él un régimen de salidas transitoria. Es decir podía ir de visita a su casa pero tenía que volver porque era fuertemente vigilado. Las ocultaba pegadas con cinta adhesiva entre los testículos, en las costillas o en las piernas y luego las escondía en un hueco ubicado en una de las paredes de su casa. Fotografías de oficiales de la armada, fotografías de detenidos desaparecidos; allí se pude ver a Graciela Alberti, Alberto Donadio, Ida Adad, Enrique Ardeti, Pablo Lepíscopo, Josefina Villaflor, encarcelados clandestinamente y con el rostro visible del maltrato; o el de los oficiales Rubén Chamorro, Pedro Estrada, Adolfo Donda, Antonio Pernía, Alfredo Astiz, Jorge Acosta y Juan Carlos Rolón, rostros de hombres convertidos poco menos que en sicarios.
Pero la democracia llega, rememora Víctor, un buen día llega. Retorna en octubre de 1983, con el triunfo del dirigente Radical Raúl Alfonsín. Y a este militante popular, que es el último de los cautivos de la ESMA, lo liberan. Será el 3 de diciembre. Aunque permanecerá vigilado por las fuerzas militares, por lo menos hasta agoto de 1984.
Entonces Víctor, que está lleno de incertidumbre y en un contexto en el que la recuperación democrática empieza a ser apenas un esbozo, un contorno casi visible, un complejo en el que los dirigentes políticos de ese entonces discuten por dónde empezar, se acerca a la guardia de la ESMA y como quien dice ¡eh maestro!, le pregunta al oficial de turno: “¿Y yo, qué hago?”. Y el tipo lleno de incertidumbre piensa unos segundos y le dice: “¡Y… andate!
Víctor, a quien hasta ese momento los militares le habían expropiado la vida, toma las pocas cosas que tiene y enfila hacia el portón de acceso. Cruza los patios interiores y el parque que separa el edificio principal de la ESMA de la avenida Libertador. Ve a un costado y otro. Es diciembre en la Argentina de la democracia naciente. Los jardines del presidio lucen radiantes, con el césped prolijamente recortado. Sobre la calle los autos circulan con total normalidad, indiferentes a esa mole que se extiende en uno de los barrios más ricos y caros de la Ciudad de Buenos Aires. Sale, como tantas veces lo hizo en los últimos años. Empieza a andar. Con los primeros pasos el edificio comienza a quedar atrás, en la más llana de las lejanías, pero no su historia. Víctor gira la cabeza y lo mira, lo contempla imperturbable durante unos segundos. Después se aleja caminando rápido.
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