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lunes, 31 de marzo de 2014

Moreira y la supuesta justicia por mano propia

El cuerpo de David Daniel Moreira yace en el piso en estado de agonía. Es el símbolo de los tiempos que corren en la Argentina. Una turba de rosarinos enardecidos lo detuvo porque aseguraba que había robado la cartera de una ocasional transeúnte. Lo golpearon hasta casi matarlo, porque no murió en la calle sino 48 horas después en el hospital Clemente Alvarez de esa ciudad.
Para las página policiales, y la prensa pregonera de la mano dura, se trató de un caso de justicia por mano propia. Para los mesurados: la respuesta de una sociedad temerosa y enfermiza que, permeable a los discursos aterradores, acciona como un animal salvaje ante la inminencia del peligro. Fue como en “El Matadero”de Esteban Echeverría, pero al revés. Una triste metáfora de la pérdida de sentido de la vida y de la condición humana. Acaso una ruptura del “contrato social” entre las instituciones jurídicas y amplios sectores de la población que no creen en ella. Lo que plantea un interrogante: ¿Si no se cree en la justicia, cuál es el camino que le queda a la sociedad?.
De David Moreira solo se sabe lo que dijeron sus padres: que era un buen chico, trabajador y que carecía de antecedentes penales. Suficiente para no aventar sospechas sobre su vida. Ahora claman por justicia, la que le correspondía si en lugar de asesinarlo a golpes lo hubieran detenido y entregado a la policía por el supuesto delito del cual loa acusaban. Pero nadie quiso cumplir ese paso, solo entregarse a la faena, a la mórbida tarea de molerlo a palos.
Y ello ocurre en un contexto en el que el anteproyecto del “CódigoPenal”, se encuentra fuertemente cuestionado por el discurso de quienes creen que la solución a la violencia social solo se impone a fuerza de garrotazos. En su evolución histórica el suplicó antecedió a la prisión. Entonces el modelo carcelario, como forma del disciplinamiento social, fue ampliado al resto de la sociedad con el objetivo de encauzar las conductas y las irregularidades de la población.
Ese modelo de disciplinamiento, que parece haber hecho crisis, quizás nos ofrezca algunas respuestas a los grandes interrogantes que la sociedad se plantea para avanzar en fórmulas reparatorias. Porque tal vez no se trate del fracaso, sino del triunfo del modelo carcelario. Un modelo cuyo sentido más profundo pareciera ser el de producir, organizar, estimular y clasificar la delincuencia. Una suerte de modelo que se reproduce permanentemente y que encuentra en el crimen su razón de existir. La fuga de presos, la salida acordada con personal de los servicios penitenciarios, el reclutamiento de jóvenes que son obligados a robar para la policía. Es la historia de un territorio que se ha convertido en lugar común para delincuentes y policías. Luchar contra eso es la tarea de la sociedad que reclama que los “corderos” sean encerrados bajo la mirada panóptica de los lobos.
El caso de Moreira nos recuerda que es necesario retomar la lectura de algunas crónicas de Rodolfo Walsh(“Vuelve la secta del gatillo y la picana”), en las que narraba de qué manera en la década del ´60 la policía de la provincia de Buenos Aires elaboraba todo un montaje para encarcelar a algún “perejil”. No es el caso de Moreira, a quien nunca se le pudo demostrar ningún delito, pero la cita viene a cuento para señalar que muchas veces esa justicia opera como la verdad de una justicia que se impone frente a los pobres. El caso de Moreira es su versión exasperada. Alguien tiene que pagar por su muerte.

miércoles, 19 de marzo de 2014

EL código penal y el reclamo por la vuelta del suplicio

Thomas Hobbes había imaginado que la figura bíblica del Leviatán, venía a representar ese “estado nación” que los hombres necesitaban para evitar matarse unos a otros en el seno de una misma comunidad y para recordar que entre naciones “la paz solo es posible por la amenaza continua de la guerra”.
Sus escritos, situados en la Inglaterra del siglo XVII y en plena disputa religiosa y política, explican en cierto modo la preocupación que el hombre ha tenido en su historia por el problema de la violencia social y política.
Michel Foucault llevó a cabo en su trabajo de campo (libro), “Vigilar y castigar”, una caracterización de las sociedades disciplinares y de cómo estas encontraron el camino para hacer del régimen punitivo y el castigo una experiencia que permitiera hacer una transferencia de ese modelo de disciplinamiento al sistema educativo, el trabajo, el sistema sanitario y el resto del entramado social.
Tanto el Leviatán de  Hobbes, como el panóptico de Benthman, bien descripto en sus funciones por Foucault, son algunos de los dispositivos ideados por el hombre para el ordenamiento jurídico y político de la sociedad. Con ellos, se supone, estarían constituidos los instrumentos que garantizarían el encauzamiento social y el enderezamiento de las conductas desviadas.
Sin embargo, algo de lo que el hombre se propuso para construir un modelo de funcionamiento  colectivo, que permitiera el “incardinamiento” social en su conjunto, ha fracasado. Incluso sus formas más crueles y sofisticadas: las dictaduras militares.
El gran interrogante para la sociedad, que hoy no puede desconocer episodios que ocurren a diario, como por ejemplo el del hombre que un grupo de manifestantes del sindicato SUPA tiró desde un puente por intentar a travesar un piquete, la muerte del colectivero ocurrida en Villa Celina, el enfrentamiento a tiros entre militantes de UOCRA, entre otros hechos que son narrados a diario por los medios de alcance nacional, es qué hacer con todo ello.
¿Si es cierto que esos modelos fracasaron, alcanza con incrementar el castigo a través del Código Penal? ¿Es suficiente con aumentar los años de pena para cada delito? ¿O incluso avanzar hacia otros castigos más feroces?  Cabe señalar que en aquellas naciones que implementaron la pena de muerte para los crímenes más atroces, como por ejemplo algunos estados de Norteamérica, nunca lograron solucionar los episodios de violencia social. A contra pelo de ello ocurren con frecuencias crímenes, incluso en masa, que esos estados no pueden evitar.
No es cierto, entonces, que incrementando los aparatos de control y el régimen punitivo la sociedad puede avanzar hacia formas más ordenadas de funcionamiento, como lo reclaman aquellos sectores que cuestionan el anteproyecto de Código Penal en el que intervinieron especialistas provenientes de distintos sectores políticos. Por el contrario, en su derrotero el disciplinamiento social estuvo fuertemente vinculado a la necesidad de reprimir los conflictos sociales emanados del capitalismo voraz. Su lógica interna generaba las condiciones para el malestar social -era la consecuencia directa de la distribución inequitativa del ingreso-,  pero al mismo tiempo creaba los instrumentos necesarios para mitigarlo: un poder omnipotente y omnipresente como amenaza de castigo permanente, un sometimiento sutil para la acumulación del capital.
El anteproyecto de Código Penal, es un intento por modernizar una legislación que no contemplaba delitos surgidos al calor de las transformaciones que han operado en la sociedad por  lo menos en los últimos veinte años, muchas de las cuales son el resultado de las políticas económicas que condenaron a millones de argentinos a la marginalidad. No atiende, precisamente, el reclamo de aquellos sectores sociales que desearían ver en el cumplimiento de la pena, una vuelta al suplicio y a los castigos corporales, aplicables a quienes consideran a los delincuentes casi otra especie humana. Quizás sea la añoranza de los tormentos públicos a los que eran sometidos quienes infringían la ley. Como en París, cuando el 19 de julio de 1836 (Gazette dus Tribunaux), cerca de cien mil personas despiden a los reclusos engrillados con insultos, golpes e injurias, a los que califican, además,  de “raza distinta que tiene el privilegio de poblar los presidios y las cárceles”.

viernes, 7 de febrero de 2014

La burguesía nacional, Gelbard y Cristina

La burguesía sigue siendo motivo de controversia en la política argentina. Algunos historiadores, politólogos y hombres provenientes del campo de las ciencias sociales, siempre han debatido si esta realmente existió como clase, sector social, grupo o factor de poder.
En ese marco señalan, por ejemplo, a la figura de José Ber Gelbard como uno de sus referentes en tiempos de la tercera presidencia de Perón, cuando éste ocupó el Ministerio de Economía de la Nación en representación de amplios sectores del empresariado nacional.
No es intención de este artículo poner en cuestión si Gelbard fue un representante de la burguesía nacional, o si su recorrido empresarial le permitió constituirse como tal (Gelbard comenzó siendo un modesto vendedor ambulante en Tucumán y Catamarca para luego convertirse en el fundador de la Confederación General Económica). Aunque la etapa en la que Gelbard fue Ministro de Economía y el contexto argentino del presente tienen semejanzas: crecimiento del mercado interno, sueldos elevados, desarrollo del sector industrial y agropecuario para el abastecimiento del consumo local, control de precios y acuerdos entre gobierno, sindicatos y organizaciones del pequeño y mediano empresariado. El plan de Gelbard fracasó por una multiplicidad de factores, entre ellas las fuertes tensiones entre las distintas facciones del peronismo que disputaban el poder, en un contexto internacional en el que la posibilidad de transformar radicalmente las estructuras sociales era casi un hecho concreto. Pero no es menos cierto que esa política naufragó por la falta de compromiso político, social y económico que históricamente han tenido los grupos dominantes: Gelbard estaba fuertemente contrariado con los sectores agrícola-ganaderos que representaba e incluso algunos de aquellos grupos que conformaban a esa denominada “burguesía nacional”. Por ejemplo, la familia Martínez de Hoz, los que no dudaron un segundo en sumergir al país en un proceso inflacionario, de devaluación de la moneda, de especulación de precios y de desabastecimiento de góndolas.
Por ello, como si fuera una regularidad de la historia, a la presidenta Cristina Fernández le toca el turno de enfrentar a los mismos poderes que socavaron el plan de Gelbard y lidiar con la hipotética “burguesía nacional” a la que no dudó en cuestionar por su falta de “conciencia nacional”.
Algunas definiciones de su último discurso en la Casa Rosada (4/02/2014) : “Nosotros creemos en el desarrollo de la economía a partir del consumo y la inversión”, a diferencia de “los que dicen que si la gente adquiere poder adquisitivo invariablemente eso genera inflación”. Y luego: “Hoy la gran discusión no es populismo sí o populismo no, sino qué rol va a tener el Estado en la sociedad”. Aquí las claves del telón de fondo de la discusión o de los aspectos que esencialmente intentan disputar los sectores que han quedado relegados del proceso político.
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Presidenta Cristina Fernández.
En la vereda de enfrente, como si nadie recordara su papel como dirigente sindical en tiempos del “menemismo”, Luis Barrionuevobravuconea: “Si tienen miedo de irse antes, es porque se van a ir antes”.
Hay claramente un mix entre lo que se dice y lo que se hace. Por un lado grandes titulares que escandalizan a los sectores más desprevenidos y proclives al espanto y las reacciones espontáneas, augurios como los de Barrionuevo que anticipan un cataclismo y la acción concreta sobre el mercado. Si esa burguesía existe, tal y como lo entiende Cristina, evidentemente nunca tuvo un perfil nacional o ni siquiera se planteó la posibilidad se ser un actor social para el desarrollo del país.
Vale la pena rescatar del archivo, una película fundamental para comprender cuál ha sido el recorrido de las clases dominantes y grupos económicos nacionales y transnacionales en los últimos cincuenta años de la historia de la Argentina. Su título es lapidario: “Memoria del saqueo”. Su autor, aunque no acompañe el momento político: Fernando Pino Solanas. Sus ejes: la expoliación de la clase trabajadora, la fuga de capitales, el proceso de desindustrialización nacional, la entrega vil, el latrocinio de los abyectos que nos sumergieron en la más profunda de las ignominias. Es necesario recordar, para no repetir errores.
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martes, 4 de febrero de 2014

Novecento, La Repubblica y la desestabilización

El corresponsal del diario “La Repubblica” de Italia (Roma),Omero Ciai, titula “Argentina el último tango”. El artículo catástrofe del giornalista,  independientemente del medio que lo reproduce en la argentina,  suena a afrenta o por lo menos a un intento de trazar el camino que el periódico “La Repubblica”desearía para una argentina que lejos está de parecerse a la compleja situación europea (desempleo, recesión, recortes en la ayuda social).
Ciai asegura que “la crisis argentina espanta al mundo” y que la devaluación, más la inflación de este mes que asegura fue del 4%, las paritarias por salario que rondarían el 30% y el déficit fiscal, están allanando la ruta al “crac y al sálvese quien pueda”.
Y todo eso, planteado en un escenario en el que Ciai asegura sobre Cristina Fernández varias cuestiones: “debilidad y confusión del gobierno”, una presidenta “nerviosa y distraída”, y una supuesta “tempestad que está llegando”.
Como si fuera uno de los jinetes del apocalipsis, el cronista cuyo apellido se traduce del italiano al castellano comoaceros (Ciai), se asemeja en suma al funcionamiento que tuvieron las primeras agencias de noticias apenas se radicaron en el continente americano. Reuter, AP, entre otras funcionaron al calor de los intereses del país de origen de esas agencias de noticias. Claro ello fue posible, porque hubo quienes al interior de cada estado latinoamericano generaron las condiciones para que las realidades de entonces fueran construidas de ese modo. Imperialismo, dominación cultural y desinformación marcaron la agenda de fines del siglo XIX y gran parte del XX.
Otro tanto ocurrió con otros medios norteamericanos como The New York Times, que en la semana que pasó también abonaron la teoría del fin del Kirchnerismo y criticaron duramente en el encuentro de la CELAC en Cuba.
En ese marco, no es de extrañar que al interior de la argentina la oligarquía diversificada intente mellar el proceso político con la construcción de una realidad acorde a la que los grupos económicos pregoneros del ajuste y la precarización de los trabajadores esperan.
Si hay una crisis política y económica, ello es producto de la imaginación de quienes sueñan con un final apocalíptico y una salida anticipada del gobierno nacional,  porque a esta altura nadie duda de que las alteraciones de los indicadores económicos son el resultado de la manipulación de los empresarios con poder de fuego. En síntesis las crisis económicas no gozan del privilegio de ser parte de la naturaleza, sino el emergente liso y llano de la puja entre factores poder.
Hace rato ya que este país debería haber aprendido las lecciones de la historia. Nada bueno deparan en el futuro la devaluación estrepitosa de la moneda, el ajuste fiscal, el endeudamiento externo, el despido masivo de trabajadores, la desindustrialización nacional, la especulación financiera o la quita en los recursos que son asignados para ayuda social. Son cantos de sirena que no harían más que encallar el rumbo de la nave nodriza.
A pesar de los matices, las próximas semanas serán claves para saber qué papel jugaran las organizaciones sindicales en este escenario. La puja salarial, tendiente a impedir un retroceso en el proceso de distribución progresiva del ingreso iniciado a partir de 2003, será determinante para ver de qué manera se balancea el intento por avanzar sobre las conquistas recuperadas por el conjunto de los trabajadores. Es que en la Argentina de hoy, ya nadie quiere el Novecento de Bernardo Bertolucci.

miércoles, 29 de enero de 2014

Del fracaso del incardinamiento y el régimen disciplinar

Es apenas una reflexión sobre los debates que por estas horas sacuden a la sociedad argentina y que muchos consideran que se trata de un asunto nativo. La violencia social es un problemática más general, que afecta a gran parte de las sociedades modernas y que está en la propia génesis de los regímenes disciplinares. Aquí algunas líneas que dan cuenta del problema: la distribución de las ilegalidades, el régimen penal y su extensión al conjunto de la sociedad.
Crímenes cada vez más violentos, detenidos en cárceles de los servicios penitenciarios que se escapan, organizaciones de narcotraficantes VIP, violencia social por doquier, son la muestra evidente de que los mecanismos previstos por las sociedades de control y disciplinamiento han fracasado.
El sueño de la modernidad con su reforma penal, la que permitió dar el paso de la práctica del suplicio y el castigo corporal público al encierro, y del encierro y el aislamiento a la estratificación, y de allí a la jerarquización de las penas -con el objetivo de recuperar a los reclusos y encausar sus conductas para devolverlos a la sociedad- no ha podido en sus más de doscientos años de historia dar respuesta a un problema teórico que todavía la aqueja.
Si el “incardinamiento” tenía como objetivo evitar la reincidencia, la paradoja de las sociedades disciplinares es que han logrado una “distribución de los ilegalismos” que le ha permitido a cada uno de los sectores sociales establecer cuál es el campo de acción sobre el que operar.
Los sectores con mayor poder de organización, forman parte de las actividades criminales más sofisticadas, el lumpen proletariado desarrollará su tarea en la marginalidad y en la violencia cotidiana. En la Argentina se conoce a este esquema binario como “ladrones de guante blancos” por un lado y “malandras” por el otro.
Tecnología política del poder de castigar, las formas que las sociedades modernas han encontrado para el disciplinamiento del cuerpo social, un poder sutil que se disemina a partir de determinadas representaciones sociales -poner en valor el sentido de la pérdida de la libertad- no han servido de mucho para constituir un marco de referencia de los límites y alcances de las legalidades.
En la medida en que el sistema se consolida como un instrumento de represión, el crimen se acentúa. ¿Entonces es la sociedad disciplinar el modelo a seguir, si ella da cuenta de sus propias incapacidades para encauzar al cuerpo social? La transferencia que de ese régimen de las penas se ha hecho sobre el conjunto del sistema (“La disciplina es una anatomía política del detalle”, sentenciaba Michel Foucault en la década del sesenta), también ha fracasado. Los mecanismos de control de la sociedad -trabajo, escolaridad, servicio militar, vida eclesiástica- han intentado ser el vector de lo que el régimen penal sancionaba y sanciona.
Por estos días de enero de 2014 la Argentina debate desde lo mediático y periodístico la necesidad de poner coto a los problemas de la “violencia social cotidiana”. Los argumentos son planteados solo desde una perspectiva angular que la atribuye a un problema de clases sociales. El crimen, y lo demuestran las páginas de los periódicos que alimentan a diario discursos xenófobos y racistas, es un problema transversal a la sociedad en su conjunto. La “distribución de los ilegalismos” es el resultado de un largo proceso de constitución de la sociedad tal y como la percibimos. Más policías, más ejércitos, penas más duras, un número mayor de presidios, no contribuirán a avanzar sobre ningún tipo de solución, porque lo que se necesita es un debate profundo sobre el régimen disciplinar.

jueves, 2 de enero de 2014

Entre la falta de luz, el fetichismo del consumo y un mundo sustentable

Falta energía eléctrica, aumenta el consumo, hay carencia de inversión en las compañías proveedoras, es necesario más controles del estado y un uso racional de un servicio ahora escaso. Entre los estímulos al consumo masivo y la necesidad de mejorar la calidad de vida, se encuentra la obligación de preservar el medio ambiente en un mundo alterado por la mano del hombre. Este artículo es apenas un esbozo de las inquietudes y encrucijadas que se plantean como nuevos desafíos a una sociedad que ha convertido el consumo en la razón de su vida.  

Se trata, sin dudas y sin temor a equivocaciones, de los cambios climáticos que se están produciendo en el planeta. La ola de calor, que según el Servicio Meteorológico Nacional es “la más extensa de los registros históricos”, confirma la hipótesis. Y el hombre, o la sociedad de consumo, mientras tanto se debate entre la queja y los cuestionamientos: “que la responsabilidad  es de la empresa”, “que la responsabilidad es del estado”, “que alguien tiene que pagar el costo político”, “que es De Vido”, “que es Kicillof”. Mientras ello ocurre, la agenda ambiental sigue siendo una deuda pendiente en el conjunto de la población y las altas tasas de consumo energético, demandadas por un sector industrial ávido de colocar sus productos en el mercado y por el común de la gente que busca mejorar su calidad de vida, son la nota saliente de las fuertes contradicciones que generar la economía del despilfarro y la preservación del planeta.

En este debate, aunque alguien quiera inmiscuirlo con la polémica Kirchnerismo-antikirchnerimso, no se puede caer en el reduccionismo de una falsa dicotomía. Desde que Herbert Marcuse escribiera su ensayo “El hombre unidimensional”, un verdadero llamado de atención al rumbo que estaban encarando las sociedades industriales desarrolladas y al papel que deberían jugar los trabajadores para superar el estado de alienación, poco se ha hecho. Muy por el contrario los ciclos de crisis y auge del capitalismo, han contribuido a que los denominados “países periféricos” se convirtieran en el último reducto del saqueo industrial: bosques que se talan indiscriminadamente, ríos que se contaminan ilimitadamente, negocios inmobiliarios que provocan el hacinamiento de grandes porciones de la población, la carencia de redes de infraestructura suficientes, y una puja por la demanda de bienes que al fin y al cabo terminan convirtiéndose en la propia trampa del hombre.

Marcuse definía a este problema como el de “la conciencia fetichizada” y sostenía que las necesidades del hombre eran “necesidades ficticias” creadas por esa sociedad industrial avanzada. Sin embargo aunque este texto parezca anticuado, cuánto de esos planteos que motivaron o inspiraron a los jóvenes estudiantes universitarios del Mayo Francés (1968), hoy tienen vigencia. En dónde antes se necesitaba un aire acondicionado, ahora se necesitan dos. En donde se necesitaba un televisor, ahora se necesitan dos. Para recorrer apenas diez cuadras, el habitante de cualquier poblado argentino necesita utilizar su vehículo particular. En donde antes había un vehículo, ahora una familia demanda dos. En donde antes había verde, ahora hay cemento. En donde antes había sombra natural de árboles de todo tipo y color, ahora hay sombras de edificios modernos muy bien iluminados. En donde antes había espacio libre, ahora hay hacinamiento. En donde antes había limpieza, ahora hay basura. No basta con un par de zapatos o zapatillas, la sociedad demanda otra cosa y una lógica perversa de consumo extremo se cierne sobre el hombre. Es acaso el consumo el nuevo fantasma que recorre el mundo. Son para Marcuse las formas sutiles de dominación de una clase sobre otra.


Lejos está, este cronista, de proponer una cosa distinta que no sea una distribución equitativa de la riqueza y el bienestar, pero cree que hace tiempo ha llegado el momento de discutir de qué modo se puede avanzar hacia un desarrollo sustentable y que no implique la constitución de una economía del despilfarro. Todavía en la sociedad quedan amplias capas de la población desprovistas de los bienes y servicios esenciales. Claro es una de las grandes paradojas de las sociedades modernas y una encrucijada entre el crecimiento económico, la generación de trabajo y la posibilidad de continuar teniendo un planeta habitable. Son saldos y debates pendientes, en un contexto en el que todavía nadie habló de “Videodrome”.

De El Matadero, Rodolfo Walsh y los saqueos

En la última escena del cuento “El Matadero”, el escritor argentino Esteban Echeverría, nos sumerge en el fascinante mundo de la Buenos Aires “rosista”. En ella describe en detalle, no solo los rasgos y las características rudimentarias de los hombres que habitan y trabajan en las inmediaciones del matadero de animales, sino las fuertes contradicciones políticas que cruzan a la sociedad de entonces. El libro abunda en prejuicios de índole racial y cultural –divide tajantemente a ese universo entre cajetillas y negros-, pero logró constituirse en un texto fundamental para poder interpretar el pensamiento y la mirada de las clases dominantes argentinas; porque “El Matadero” es una suerte de referencia o continuación de la línea trazada por Sarmiento en “Facundo o civilización y barbarie”.

Sin embargo ambos trabajos, que podrían constituirse en dos clásicos de la literatura nacional argentina, tienen plena vigencia en la medida en que la mirada echeverriana o sarmientina persisten en el imaginario colectivo. Mucho de ello estuvo presente en el conflicto que las policías provinciales mantuvieron en sus respectivos distritos. Si bien la asonada policial estuvo centrada en el reclamo salarial, el mismo estuvo atravesado por el vandalismo, la desestabilización, y en una medida significativa por la resistencia de los sectores populares al avance de la marginación y la segregación que se vive en barrios como Nueva Córdoba.

Esta provincia, quizás se haya convertido en el emblema de lo que en otros puntos del país fue la réplica de la medida. El crecimiento de los agro-negocios, en detrimento de la distribución equitativa del ingreso, es la marca distintiva del desarrollo desigual generado por el acaparamiento voraz de los sectores medios y altos de la vida económica rural argentina.

Ese crecimiento desigual es el que ha establecido las bases para la conformación de una sociedad en la que solo los sectores de altos ingresos pueden acceder a un sistema educativo, un sistema sanitario, un sistema judicial, o formas de empleo, de calidad y en cantidad acotada. Ese sistema, fundado en una división notable de clases sociales, se yergue sobre la apropiación de la riqueza circulante. En ese marco la violencia social y la marginalidad creciente, son los costos que debe pagar al acumular para sí,  la porción de riqueza que no llega hacia los sectores que más lo necesitan.

Los negros, mulatos y gauchos Federales que pululan en las inmediaciones de “El matadero” de Esteban Echeverría, tratando de rapiñar los pedazos de vísceras de los animales que entran al degüello, son “los negros de mierda” que la sociedad opulenta de hoy desprecia y juzga como responsables de todos sus males y desgracias.

El escritor y periodista Rodolfo Walsh sintetiza, por medio de un razonamiento revelador, la experiencia de los sectores populares en la historia de la Argentina. Lo hace al narrar un pasaje de la vida de Vicente Rodríguez, uno de los trabajadores fusilados por la Revolución Libertadora en el año 1956 en los basurales de José León Suárez. Walsh dice de Rodríguez: “Entonces comprende que él es nadie, que el mundo pertenece a los doctores. El signo de su derrota es muy claro. En su barrio hay un club, en el club una biblioteca. Acudirá allí, en busca de esa fuente milagrosa –los libros- de donde parece fluir el poder”.

Cuando Rodríguez empiece a sentir que un mundo nuevo se abre frente a él, será demasiado tarde. Las balas de los fusiles FAL que utiliza el comando militar que lo secuestra, culminarán con su vida en una oscura y fría noche de invierno. Más de cien años después llegará la “revancha clasista” del cajetilla que los Federales asesinan en El Matadero. Acaso una metáfora profunda de las regularidades de la historia argentina.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Víctor y el recuerdo. A 30 años de recuperada la democracia.

Con precisión, Víctor sigue recordando hoy su experiencia como detenido-desaparecido en la ESMA. Su valor para ocultar las fotografías que fue obligado a sacar a los militantes populares allí secuestrados y a los oficiales represores de la Escuela de Mecánica de la Armada que falsificaban su identidad para realizar operaciones clandestinas en el exterior. Todas ellas fueron fundamentales para el juicio a la primera Junta Militar que interrumpiera el proceso democrático iniciado en el año 1973. Este cronista tuvo la oportunidad de dialogar numerosas veces con él, por distintas circunstancias. Una crónica a 30 años de recuperada la democracia en la Argentina, con algunos elementos narrativos y de ficción.
“¿Quién es?”, pregunta una voz, como de trueno, del otro lado de la puerta. “Vengo de parte de Pablo”, espeta con temor este cronista. El acceso a la modesta vivienda ubicada en un barrio de la ciudad de La Plata, que por seguridad ésta crónica no revelará, se abre lentamente. El nombre Pablo, funciona como una clave que el interlocutor rápidamente decripta. Detrás de la madera, con cierto dejo de desconfianza, Víctor apenas asoma la cabeza.
Es invierno y el frío aprieta, y el calor del interior de la casa se siente más cálidamente en la medida en que la pronunciación de las primeras palabras, y las impresiones propias de alguien que sabe leer en el otro los gestos de honestidad, dan lugar al relajo. El estrecho corredor, que conecta en forma de chorizo el hall de entrada con la cocina, despliega muebles, papeles y libros de un lado a otro. Da la impresión, es las once de la noche, que este hombre pasa las horas nocturnas en vela, leyendo, estudiando documentos, repasando en su memoria nombres, fechas y datos.
Víctor es muy bajo, quizás un metro sesenta y cinco, tal vez un poco menos, aunque su fisonomía delata la existencia de una estructura que pudo haber sido atlética en el pasado. Su andar cansino, son los signos ineludibles del maltrato, o acaso del horror más despiadado que un ser humano pueda sufrir en su cuerpo. Solo una radio, sintonizada en los programas que la AM ofrece a esa hora, lo acompaña. También las lecturas de una temática que lo obsesiona, que le despierta la más profunda de las pasiones, que es una parte sustancial de su vida, que lo constituyó como sujeto, como hombre vital en los tempranos sesenta: La historia de los militantes populares que lo acompañaron durante su cautiverio en la ESMA.
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Entrada al edificio de la Ex ESMA.
Quizás lo supiera desde sus inicios como militante en el Peronismo de Base y en las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), cuando siendo trabajador gráfico, y marcado por le conflicto gremial que los trabajadores de la carne del frigorífico Lisandro de La Torre llevaron adelante en 1959, decidió asumir su compromiso con la denominada Alternativa Independiente. Cosa rara el peronismo: logró aglutinar en sus primeros treinta años como movimiento a una inabarcable cantidad de organizaciones políticas que fueron desde la más reaccionaria a la más combativa, de la derecha extrema a la izquierda revolucionaria, de la más popular y basista, a la más culta e intelectualizada.
El color de su piel, semejante a la de un moro, confirma la tesis de este cronista: si el peronismo, tal y como es, hubiera sido integrado sólo por gente rubia y bella, tal vez no hubiera sido estigmatizado como lo fue por las clases dominantes argentinas. El gran problema del peronismo, para una gran parte de la sociedad, su negación política, su asociación obligada con la negritud, tiene más raíces raciales que ideológicas. Víctor lo sabe, lo entiende, lo entendió a partir de su opción política. O quizás lo entendió en la sala de tortura de la ESMA, cuando los oficiales de la armada lo castigaron hasta provocarle dos paros cardíacos.
Yo delaté a varios compañeros, en la sala de torturas”, explica apenas se sienta. Cómo volver después de esa confesión, cómo recuperar algo de la dignidad perdida por la fuerza de la corriente eléctrica, o arrancada por la voces de los oficiales que lo preguntan todo: nombres, direcciones, horarios, lugares. “Fue apenas me detuvieron, en agosto de 1979”, relata. “Me llevaron a la ESMA y mientras me picaneaban amenazaban con matar a toda mi familia si no cantaba. Así fue como cayeron varios de mis compañeros de La Plata”, concluye.
En la historia de la delación involuntaria, Celina y Guillermo fueron dos de las víctimas. Ellos también regresaron del cautiverio y años más tarde se encontraron con Víctor en un acto callejero. Lo llamaron “traidor” y le dieron la espalda hasta que el paso del tiempo suturó las heridas y pudieron revisar el pasado sin rencores. Es la pérdida de la condición humana, sin más. La reducción del ser humano al estado de cosa. El ensayo que la dictadura más atroz, que conoció la argentina, tuvo como meta u objetivo.
¿Por qué sobrevive Víctor? Por la sencilla razón de que era un trabajador gráfico y sabía de fotografías e impresiones. “Me utilizaron como mano de obra esclava, que es un tema que todavía no ha sido debidamente analizado en los juicios a los militares”, reflexiona. Tenía la función de fotografiar a los oficiales que falsificaban documentos de identidad para poder hacer sus operaciones de inteligencia en el exterior (Brasil o México).
Pero donde hay poder, hay resistencia y así lo supo Víctor apenas sus captores se descuidaron. Entonces comenzó a hacer copias extras de las fotografías y los documentos en los que trabajaba. Los fue ocultando dentro de una caja de papel fotosensible, que los oficiales de la marina no abrían por temor a velar el papel fotográfico. Víctor estaba decidido a cumplir con el mandato que se hicieron entre los detenidos en la ESMA: si alguien lograba sobrevivir tenía el compromiso de contar al mundo lo que allí adentro había ocurrido.
Y así fue que, dimensionando en su justa medida el valor documental de ese material, resolvió sacar las fotografías una por una. Lo pudo hacer cuando los oficiales de la ESMA, decidieron implementar con él un régimen de salidas transitoria. Es decir podía ir de visita a su casa pero tenía que volver porque era fuertemente vigilado. Las ocultaba pegadas con cinta adhesiva entre los testículos, en las costillas o en las piernas y luego las escondía en un hueco ubicado en una de las paredes de su casa. Fotografías de oficiales de la armada, fotografías de detenidos desaparecidos; allí se pude ver a Graciela Alberti, Alberto Donadio, Ida Adad, Enrique Ardeti, Pablo Lepíscopo, Josefina Villaflor, encarcelados clandestinamente y con el rostro visible del maltrato; o el de los oficiales Rubén Chamorro, Pedro Estrada, Adolfo Donda, Antonio Pernía, Alfredo Astiz, Jorge Acosta y Juan Carlos Rolón, rostros de hombres convertidos poco menos que en sicarios.
Pero la democracia llega, rememora Víctor, un buen día llega. Retorna en octubre de 1983, con el triunfo del dirigente Radical Raúl Alfonsín. Y a este militante popular, que es el último de los cautivos de la ESMA, lo liberan. Será el 3 de diciembre. Aunque permanecerá vigilado por las fuerzas militares, por lo menos hasta agoto de 1984.
Entonces Víctor, que está lleno de incertidumbre y en un contexto en el que la recuperación democrática empieza a ser apenas un esbozo, un contorno casi visible, un complejo en el que los dirigentes políticos de ese entonces discuten por dónde empezar, se acerca a la guardia de la ESMA y como quien dice ¡eh maestro!, le pregunta al oficial de turno: “¿Y yo, qué hago?”. Y el tipo lleno de incertidumbre piensa unos segundos y le dice: “¡Y… andate!
Víctor, a quien hasta ese momento los militares le habían expropiado la vida, toma las pocas cosas que tiene y enfila hacia el portón de acceso. Cruza los patios interiores y el parque que separa el edificio principal de la ESMA de la avenida Libertador. Ve a un costado y otro. Es diciembre en la Argentina de la democracia naciente. Los jardines del presidio lucen radiantes, con el césped prolijamente recortado. Sobre la calle los autos circulan con total normalidad, indiferentes a esa mole que se extiende en uno de los barrios más ricos y caros de la Ciudad de Buenos Aires. Sale, como tantas veces lo hizo en los últimos años. Empieza a andar. Con los primeros pasos el edificio comienza a quedar atrás, en la más llana de las lejanías, pero no su historia. Víctor gira la cabeza y lo mira, lo contempla imperturbable durante unos segundos. Después se aleja caminando rápido.

domingo, 1 de diciembre de 2013

De terratenientes, latifundistas y medidas económicas

En su trabajo “Educación y sociedad en la Argentina (1880-1945)”, el ex Ministro de Educación de la Nación e investigador en temas educativos, Juan Carlos Tedesco, explica que cuando la argentina de la segunda mitad del siglo XIX ingresó definitivamente a los mercados internacionales en calidad de exportadora de materias primas e importadora de productos manufacturados, fue necesario avanzar en la frontera territorial. Para ello, y con el fin de atender la creciente demanda internacional, fue necesario desarrollar las campañas militares con las que el estado nacional quitó las tierras a los pueblos originarios del sur argentino para destinarlos a incrementar la producción agrícola. Las campañas más destacadas, por su ferocidad y atrocidad, fueron las de Adolfo Alsina y Julio Argentino Roca, desarrolladas durante la década de 1870.
Sin embargo la oligarquía argentina, que debió destinar esas tierras a modificar las condiciones estructurales del país, no hizo más que profundizar el latifundismo en su sentido más amplio. Tedesco lo destaca con los siguientes datos: “La ley de subvención estatal dictada en 1878 otorgaba una legua cuadrada (2.500 hectáreas) por cada $400 colados, exigiendo un mínimo de $ 1.600 para participar, lo cual implicaba que se otorgaba, por lo menos un equivalente a 10 mil hectáreas por contribuyente. La ley de premios, dictada en 1885, con motivo de esa misma campaña, aseguraba a los militares que participaron en ella una determinada extensión, según el grado jerárquico que ocupasen. Los herederos de Adolfo Alsina recibieron 15.000 hectáreas; cada jefe de frontera, 8.000; los jefes de batallón 5.000; los sargentos mayores y jefes de plana 4.000; los capitanes, ayudantes, tenientes primeros y segundos, 2.000; los subtenientes, alféreces, etc., 1.500 hectáreas y cada soldado 100 hectáreas”.
Conclusión: Las tierras arrancadas a las comunidades originarias implicaron una transferencia de tierras fiscales a un grupo muy reducido de manos privadas. Por otra lado, explica Tedesco, de las tierras aptas para el trabajo, como por ejemplo la provincia de Santa Fe, solo una parte fue destinada a la producción y con una característica peculiar: los productores tenían que pagar por el arrendamiento con “monedas de plata u oro, estipulándose claramente la exclusión del peso papel” y con la entrega de “una tercera parte de cada cosecha de trigo” como forma de amortización del capital.
Concentración, especulación financiera, apuesta al metal en detrimento de la moneda de curso legal, la venta de ganado y el negocio del arrendamiento, fueron los rasgos distintivos del período. Con el agravante, señala el ex Ministro citando al historiador Cortés Conde, de que hubo una práctica del proteccionismo económico “al revés”: se gravaban más las materias primas importadas que los productos manufacturados. Es decir: a los importadores les resultaba más económico y rentable importar productos terminados que ingresar las materias primas para desarrollar la industria nacional.
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Productores rurales argentinos.
No es novedad que los problemas estructurales de la economía argentina,  hay que buscarlos en el largo proceso político que el país vive desde el momento de la ruptura con el orden colonial (1810) y a lo largo del siglo XIX. El siglo XX no es más que un reflejo de esas contradicciones irresueltas y las mismas avanzarán hasta el presente exacerbando los conflictos entre una burguesía que puja por acumular espacios de poder y las clases más tradicionales reacias a cualquier cambio estructural.
Axel Kicillof, actual ministro de Economía de la Argentina, a quien despectivamente sus detractores definen como un “marxista” al que temer (aunque sea un especialista en Keynes y su interpretación del marxismo sea un intento de ajustar la teoría con la realidad nacional), tendrá un desafío enorme frente al poder económico. Las condiciones políticas y económicas del país son notablemente diferentes, aunque esos grupos, sintéticamente caracterizados en los párrafos escritos líneas atrás, continúan teniendo el mismo peso y poder en la estructura económica del país.
En ese marco, el sábado 30 de noviembre el diario La Nación publicó en su tapa con cierta dosis de preocupación:“El gobierno pidió a las cerealeras que aporten US$ 2000 millones”. Y en su bajada destacó: “Falta de divisas: Es para aumentar el nivel de las reservas; el monto triplica lo que había reclamado Moreno; en lugar de Baade, las empresas recibirán una letra del Banco Central”.
Y ese planteo es sólo una muestra, bastan unas pocas líneas, de uno de los escritores y periodistas más destacadas que tiene América Latina, para dar cuenta de la regularidades de los grupos de poder a la hora de discutir la política económica. Escribe Eduardo Galeano en la Venas abiertas de América Latina, libro de amplia difusión en la década del ´70 y de renovada lectura en el silgo XXI, que: “Incorporadas desde siempre a la constelación del poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor interés en averiguar si el patriotismo podría resultar más rentable que la traición o si la mendicidad es la única forma posible de la política internacional”.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Se va Guillote:¿Quién le dará palo al tiburón?

Sus detractores por estas horas abundan en tiempos televisivos,  minutos radiales o centímetros gráficos. Hacer leña del árbol caído, es lo más fácil. Rematar al oponente político en el momento de debilidad, si es que la tuviera, lo más sádico. Y sí…, ahora que Guillermo Moreno renunció no faltan quienes quieren sacar boleto para pasarle facturas. Sobre todo aquellos sectores vinculados a los grupos económicos, sectores financieros o segmentos empresariales que vieron en la figura del Secretario de Comercio al enemigo público número uno.
Aunque todavía no se sabe con certeza si las críticas que arrecian sobre el funcionario, están relacionadas con su carácter intempestivo o con el fracaso de alguna de sus políticas de estado. A este cronista, le suenan más los discursos de antipatía que el déficit en los controles económicos. Resulta llamativo que sean los sectores de mayor fiereza, los que cuestionan su supuesta actitud antidemocrática en el manejo de las cuestiones comerciales. Sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de aquellas facciones de la vida política y social, que no dudaron en utilizar todo tipo de instrumentos políticos para domesticar a la población: las dictaduras militares fueron la cara más perversa, el disciplinamiento económico el arma más sofisticada.
Moreno, a decir de la experiencia histórica, era apenas un niño cándido frente al poder de las corporaciones económicas. La “revancha clasista” que se inicia con fuerza con el golpe de estado del año 1976, correctamente caracterizada por el economista Eduardo Basualdo, es eficazmente confirmada por la minuciosa investigación de Vicente Muleiro en su libro “El golpe civil”.  Es el poder más atroz, el más descarnado, el más voraz, con el que hay que confrontar. Y eso Moreno lo sabía, como lo sabían quienes se victimizaban frente a él, como parte de un estrategia que intentaba ocultar la más pérfida de las iniquidades.
Empresarios de todo pelaje, operadores del establishment económico, acostumbrados a la benevolencia de los gobiernos débiles, estigmatizaron la figura del secretario. Se podrá decir cualquier cosa de Moreno: que es antipático, prepotente, políticamente incorrecto o que sus medidas no alcanzaron los objetivos trazados.  Pero lo que no se podrá discutir es que los guantes de box y el casco, son la metáfora perfecta de la calaña con la que el Secretario de Comercio tuvo que lidiar.